¿Y si se me olvida?

Ayer vimos en familia el eclipse total acontecido sobre gran parte del territorio español en 2026. Tuvimos el privilegio de observarlo desde el centro de la franja de totalidad, con una visión panorámica de la naturaleza y la compañía justa. Sin hinchas que animasen a gritos a la Luna a que fuera a por el Sol. Como padres de dos adolescentes, cumplimos con el sagrado deber de informarles, no sólo de la parte instrumental relacionada con la protección, sino también de la parte física del fenómeno. Pero dejamos a ellas el negociado interpretativo. Que aprendieran a descubrir por si mismas lo que te mueve por dentro un episodio como este.

La verdad, no esperaba que la experiencia implicaran un cambio en su cosmovisión; esas cosas vienen después. Pero sí que hubo alguna sorpresa. La única condición que establecimos fue que la experiencia no estaría mediada por los móviles ni cacharros. Si querías alguna foto de alardeo, tenía que hacerse antes o después, pero que el eclipse se observaría al natural.

Llegado el momento, pude apreciar cómo aparecían esas huellas evolutivas que nos definen como humanos: maravilla y miedo, sólo que adaptadas a la época y a sus realidades. Mi hija mayor parecía sentir al principio la necesidad de ocultarse, mirando de soslayo y guardando un inquietante silencio. No dejaba de admirar maravillada y activamente el fenómeno, pero daba la impresión de que temía que algo sobrenatural fuese a cambiarla para siempre. Todos hemos pasado por allí: son los axones aún recubriéndose de mielina.

Sospecho que a la menor le importaba, de momento, un poco menos aquella hipotética influencia. En los días previos estuvo rumiando la idea de que podía calcular el diámetro del Sol usando una regla de tres. Su intuición era válida, sólo me limité a recordarle que no hacía mucho le habían hablado en el cole de un tal Tales de Mileto, si bien sus profesores no se esmeraron en explicarle las proezas que se podían hacer con su teorema.

Dos reacciones tan distintas como válidas. Una orientada hacia dentro y otra hacia afuera de uno mismo. Esas cosas que sólo afloran cuando estamos expuestos a construir, de forma independiente, nuestra propia composición de lugar.

Mientras la Luna daba paso al segundo amanecer del día oímos cantar a un gallo. Fue entonces cuando nuestra hija menor nos reveló su miedo: —¿y si se me olvida todo esto?

Así las cosas, decidí escribir esta nota a modo de conjuro contra el olvido y para dejar fe de lo acontecido a vosotras dos aquella tarde remota en la que mamá y papá os llevaron a conocer el eclipse.

 

 

Discernimiento vitalicio

Un día, en clase de sociales, tocábamos el punto del derecho y el deber del voto para elegir a quienes nos gobiernan. Cuando llegamos al punto de los requisitos para votar, nos contaron que había una edad mínima. En nuestro caso, unos lejanos dieciocho años para un alumno de primaria. Me sorprendió que no fuera necesario saber leer ni escribir, que fuera secreto, que no fuera necesario sacar una licencia, como se hacía para conducir, y cuando pregunté por qué los niños no podíamos votar se limitaron a responderme que era porque los niños no teníamos discernimiento.

No pude seguir indagando porque no sabía lo que era discernimiento, pero sí sabía que, si lo preguntaba, me iban a decir que lo buscara en el diccionario (con muy buen criterio, por cierto). La clase continuó incidiendo que la democracia había que cuidarla, que había costado mucho, que antes no se podía votar, o votaban sólo los ricos, o sólo los hombres y no las mujeres y un largo etcétera. Pero yo me había quedado en lo del discernimiento.

Por la tarde, una vez en casa, busqué discernimiento en el diccionario sin que me aclarara mi duda. Luego me fui a la enciclopedia y bueno, tampoco es que me ayudara mucho más. Así que empecé a preguntar a los mayores de mi entorno.

Ya por aquella época había detectado que los mayores, en general, eran bastante malos con las definiciones y solían tirar de ejemplos, frases y dichos para responderme. Yo les decía que la pregunta era para un trabajo del cole, la excusa perfecta para que pusieran un poco de su parte, porque lo primero que hacían era reírse de mí y mis preguntas (aún me pasa).

Destilando las respuestas sobre cuando se obtiene el discernimiento (que fue la manera que encontré para que me dieran respuestas útiles) concluí que:  El discernimiento surgía cuando: uno se hace responsable de sus actos, se puede valer por sí mismo, se puede pagar sus vicios y, finalmente, sabe uno identificar lo que más le conviene. Algunas personas añadieron cosas relacionadas con el despecho, la maternidad, el trabajo, la realización personal y cosas así, pero lo decían con melancolía, así que descarté sus aportaciones para evitar el sesgo científico.

Al día siguiente volví con mi nuevo conocimiento y levanté la mano cuando preguntaron si había dudas del día anterior.

—¡Hermana!, usted dijo que la edad mínima para poder votar eran los dieciocho años, por lo del discernimiento, ¿no?
—Así es. —me contestó esperando a ver por dónde le salía.
—¿Y cuál es la edad máxima hasta la que se puede votar?

Luego de tomar aire y mirar al cielo como buscando inspiración procedió a decirme que no había una edad máxima para votar y que era un derecho vitalicio. Y agregó una coletilla que siempre atribuí a ella (aunque otros dicen que fue Churchill): La democracia no es perfecta hijo mío, pero es lo mejor que tenemos. Lo dijo con un dejo de resignación, a juzgar por el suspiro y la pausa dramática.

Se me vinieron a la cabeza como dos mil quinientas preguntas más cuando escuché aquella respuesta. Pero no pude seguir indagando porque no sabía lo que era vitalicio, pero sí sabía que, si lo preguntaba, me iban a decir que lo buscara en el diccionario (con muy buen criterio, por cierto).

Rutina de mantenimiento

Cada verano vuelvo a ver mi película favorita. Regreso  entonces de forma instantánea a los tiempos épicos de los veintidós años. Cada dos primaveras releo mi novela preferida. Como un conjuro mágico, amanezco cada día con  catorce, con todas sus consecuencias. Más o menos cada seis meses le hecho una buena dosis de mayonesa a las lentejas con chorizo, y con efecto de túnel vuelvo a tener cuatro años, cuando nada importaba más que aquel momento.

Por si preguntan, esa es mi rutina de mantenimiento emocional.