llevaba puesta faldita roja y blusa marrón,

A mi libreta de notas le repatea como escribo. Es una amante cruel que se esconde cuando estiro mi mano urgida, como insinuándome. La llamo, me camino la casa mirando por los rincones, apretándome las ganas mientras ella me observa de perfil, apilada entre los papeles movedizos de la mesita de noche.

No le gusto, vive conmigo por necesidad. Ve como un sacrificio cada nuevo apunte que le propino. Me saca en cara – siempre que puede – que me ha entregado las mejores hojas de su juventud, para que yo las desperdiciara en conatos de notas que no llegan a ninguna parte. Me dice que se siente libreta-objeto, mientras sólo me deja pequeños huecos en las hojas impares donde escribo afanosamente mientras ella mira al techo.

¡Que mala que eres libreta! le digo exhausto de pena. Si tu me conoces como nadie. Tratas de tu a mis fantasmas y caminas de la mano con mis miedos inconfesables. Mas transparencia imposible.

Por eso te escribo esta nota, para pedirte que vuelvas, que aparezcas de repente en la nevera, en la revistera-bidé o debajo del televisor. ¡Que te extraño mi karma!, que no puedo escribir sin ti.

Eso.

Nota del Cartero: Se ofrece recompensa.

El Señor Yamamoto

El Señor Yamamoto es propietario de una floristería muy particular. Enamorado y respetuoso de su profesión de forjador de sonrisas – como figura en su tarjeta – se niega a preconfeccionar arreglos florales y a exponer sus fotografías en un catálogo. Yamamoto argumenta que su establecimiento no es un Burguer, donde la gente señala con el dedo a un menú para saciar un instinto. Insiste en que las flores deben ser un mensajero cómplice y no un pretexto. Así las cosas, quien desee enviar flores con el Señor Yamamoto, debe concertar una cita.

Su taller derrocha minimalismo y está pintado con esos colores extraños que no tienen nombres propios, sino que los toman prestados de la naturaleza, como lila, malva o melocotón. Luego de ofrecerte una infusión de te verde y guardar un incómodo silencio de confesor benevolente, te dedica una mirada con el gesto inconfundible de quien otorga la palabra.

Eh… sólo quería enviar unas flores a una chica, Señor Yamamoto, es la obviedad con la que empiezan todos sus clientes primerizos. Él reacciona asintiendo respetuosamente con la cabeza y moviendo sus manos lentamente hacia adelante, como si estuviera en una sesión de tai chi, que fácilmente se interpreta como un: Vale, háblame de ella. El Señor Yamamoto no te quita la mirada mientras a sorbitos se bebe la infusión. Cuando te estancas ya en las simplezas, coge una flor, le acorta el tallo y comienza a preparar un ramo a medida, ataviado con una serenidad contagiosa. Mientras sigues hablando va agregando detalles, en los cuales comienzas a ver reflejados los sentimientos que describes. Si te detienes, también interpreta tu silencio, recoloca una rosa, columpia un tulipán o espolvorea una ramita de eucalipto.

Cuando no atinas a decir nada más y sólo quedan los gestos, el arreglo floral alcanza su esplendor y te quedas turulato. A veces el Señor Yamamoto no se mueve. Algunos clientes se confunden porque sienten que no se dan a entender, pero él les mitiga la incertidumbre invitándoles a continuar. Al cabo de un rato, cuando se quedan sin palabras, mirando al suelo, Yamamoto toma una rosa, la peina con suavidad y se las ofrece como producto terminado, con aquella gestualidad milenaria que prescinde de palabras: Ella sabe todo lo que deseas decir.

Pero lo que deja perplejos a quienes recurren a el Señor Yamamoto por primera vez, no es su destreza para la floristería, ni la atmósfera de su establecimiento, o lo excéntrico de su técnica, sino las disculpas condescendiente de la recepcionista, mientras te toma los datos para realizar el envío: Espero que no se haya sentido incómodo señor, lo que pasa es que el Señor Yamamoto no entiende ni pizca de Castellano.

 

Querido Lector.

Por estos días, los cálidos vientos de compomente sur arrean desde el oeste, y no me siento emocionalmente habilitado para publicar la segunda nota de la semana.

He descubierto con sorpresa que la lista de notas-colchón que suelo reservar para ocasiones como éstas está vacía. Así que por razones de higiene narrativa, prefiero no publicar por publicar (ya saben, por lo del respeto) y recomendarles (temerario que soy) un paseo por el archivo (abajo y a la izquierda), que alguna cosa medianamente aceptable habrá para leer.

Nos vemos el sábado.

Besos.