Mira que no me disgusta para nada la existencia de la Real Academia Española (de la Lengua). Me resulta lógica y necesaria. Me gusta su rigor y además, veo plausible el esfuerzo que realiza por abarcar los distintos matices del castellano a lo largo de todos los países que tienen mí lengua en común. Iniciativas como el Diccionario Panahispánico de dudas lo reflejan. Lo que a veces no me resulta tan cómodo es que La Academia asuma el Castellano como patrimonio exclusivo de España y tienda a obviar que éste – si bien heredado – también forma parte del patrimonio cultural de los otros cuatrocientos millones de personas que lo hablamos.
Uno de los flecos que apalancan esa actitud, es el trato aparte que reciben los americanismos, como si fuesen desviaciones de un hipotético castellano estándar. Es como pensar que los españolismos no existieran o que, en todo caso, fuesen la norma.
Casi todas las Academias de la Lengua Española de los países latinoamericanos publican regularmente diccionarios con el aporte que los habitantes de distintos entornos culturales han realizado al idioma, y lo engloban dentro de esos “ismos” que hacen referencia a particularidades del Español, en sus países o regiones. Sin embargo, La Real Academia incluye en el Diccionario como voces del español general, muchas que sólo se conocen en España: autocar, autostop, competición, mechero, iceberg, hucha, piso, arcén, molar curro, etc.
Con lo que me encanta el español de España, un diccionario de españolismos sería para mí, además de interesante, útil. Hablar con la gente, ver la tele o leer los periódicos, no es suficiente para aprender a entender lo que otros me quieren decir y decirles con sus propias palabras lo que siento o pienso. Además, para los españoles, contar con una obra así podría llegar a representar una experiencia de reafirmación de unos de los valores que les hace iguales, en medio de su atractiva diversidad: El Español.
Que amanecí reivindicativo hoy.