El desarrollo de la conciencia de la escasez es muy complejo, sobre todo en la sociedad occidental. Las formas primarias de dicho desarrollo, es decir, experimentar la escasez directamente a través de situaciones coyunturales como crisis económicas, guerras o desastres naturales no son muy habituales. Tampoco lo es el experimentarla mediante el esfuerzo que conlleva acceder a un bien. Quiero decir, puede que tengamos un bien en abundancia pero requiera mucho esfuerzo físico acceder a él y disfrutarlo. En esos casos, el tratamiento que damos a ese bien es el de escaso.
Cuando estas formas clásicas que nos permiten sentir un bien como escaso no se dan (experimentándola en carne propia) optamos por el valor económico del mismo para tratarlo como escaso. Es una especie de escasez virtual. Así, si un bien es caro – con un esfuerzo económico considerable para acceder a él – el tratamiento que daremos será similar al de la escasez clásica, incluso si este bien fuese abundante. Lo malo es cuando ocurre lo contrario.
El agua es mi ejemplo preferido. De pequeño en el pueblo sufríamos constantes cortes del servicio de agua por tubería. Agenciársela implicaba caminar grandes trechos con cubos tambaleantes, de forma que, para minimizar dicho esfuerzo se realizaba un uso óptimo del precisado líquido, como lo llamaban en la radio. Recuerdo bañarme, con lavado de pelo incluido con apenas una cubeta estándar.
Pero cuando el agua llegaba por las tuberías, aunque realizábamos acopio para estar preparados para el futuro, su uso puntual era como si fuese un bien abundante, sin siquiera cerrar la llave para enjabonarnos o cepillarnos los dientes, porque esencialmente el factor esfuerzo físico desaparecía.
Algo parecido ocurre en occidente con recursos como el agua. Es percibido como abundante y además, es barato. Me impresiona que sea considerablemente más barato que la luz, el teléfono o la gasolina. Vivimos como si nos sobrara, incluso yo mismo tiendo a sufrir de amnesia con respecto a lo que éste o otros recursos representaron para mi. En mi ciudad, por ejemplo, el verano pasado mientras los embalses se encontraban en niveles críticos, las calles se seguían limpiando con agua a presión.
¿Qué pasaría si las tarifas por consumo de agua fuesen similares a las del teléfono móvil? Probablemente, haríamos un uso un poco más racional de ella, porque, al sentirla en el bolsillo podríamos tratarla como escasa. Además, esto aportaría una modernización en la forma de tarificación del agua, que ya le hace falta. Imaginad tarifas por bloques de consumo donde el precio aumente en proporción al mismo, litros libres, mínimos mensuales (consumas o no) o promociones especiales. Por ejemplo, que en períodos de lluvia puedas acceder a un “dos por uno” o así. No sé, al menos algún impuestito de nada por la utilización suntuosa del agua, como para su uso en piscinas, jacuzzis, fuentes o jardines de gran tamaño.
De momento, esperaré sentado a que los de Greenpeace cuelguen unas de sus pancartas enormes en alguna sede parlamentaria del primer mundo auspiciando alguna iniciativa similar, si bien, querido lector, por más que jurungo el horizonte, no veo a ningún político dispuesto a mojarse.