La pronunciación del tres.

Las palabras que más me cuestan pronunciar en inglés son – aparte de aquellas monoconsonánticas – las que terminan con los mismos sonidos de Mountain (moun’tən) y Manhattan (măn-hăt’n, mən). Para que suenen como las pronuncian los narradores de noticias de la CNN, tengo que articular un sonido gutural-oclusivo y retronasal con un leve movimiento del pescuezo. Vamos, que me cuesta.

Tal vez sea un error, pero cuando no se aprende un idioma en la infancia, ya de adulto el cerebro no reconoce como propios ciertos sonidos, así que busca dentro del acervo sonoro de su propio idioma, el que más se parezca a lo que escucha en otro. En general no tengo problemas para hacerme entender en inglés, salvo la timidez – aunque esa también la tengo en castellano – pero cuando me toca pronunciar Mountain, Clinton o Manhattan, se me enreda la lengua. No encontraba un sonido en mi propio idioma que me permitiera modelar a partir de él la pronunciación de esas palabras. Hasta hace unos días, cuando reparé en la pronunciación de las eses “s” terminales de ciertas palabras del castellano en su vertiente Caribeña.

Iba yo por una calle cualquiera del caribe profundo, cuando una sólida mujer de aspecto solidario llamaba a la puerta enrejada de una casita verde con tan potente voz que, fue como una revelación. A la vez que hacía sonar la reja con una moneda, inspiraba una bocanada de aire para soltar, en fuerte, clara e inteligible voz: Señooor Luiiiís, vamos que son las treess.

La “s” al final de esas palabras se torna en algo como el sonido que producirían una “g” y una “n” juntas. Así, Luis suena, Luign, tres suena tregn y pues suena pugn. Esos sonidos que sí se hacer y que dependiendo de mi exposición prolongada al castellano caribeño me salen con asiduidad pasmosa, me han servido de base para acercarme más a ese sonido prohibido que en inglés corresponder a los signos fonéticos “ən”. De momento lo que he hecho es sustituir la “g” por la “t” pero dejando caer la “n” con la cadencia reverberante que usualmente se puede encontrar en los ejecutantes del beatboxing.

Sólo por curiosidad, me gustaría saber cómo se escribe ese sonido en el alfabeto fonético internacional. ¿Algún fonólogo en la audiencia?


Nota del Cartero.
Esta nota está dedicada a Palas Atenea.

Pornografía Rural.

De entre los géneros impúdicos en peligros de extinción el que más entrañable me resulta es el de la pornografía rural. Sorprende ver cómo unas rústicas revistas en formato de bolsillo, ramplonas, de vocación fugitiva y con rubias extranjeras de aspecto acamaronado en la portada, siguen prestando un “servicio” – distorsionado, pero sin muchas alternativas – en el ámbito rural.

El “despertar a la sexualidad” (curiosa expresión con la el cura de mi pueblo se refería a los calentones de la adolescencia) aún se lleva a cabo en muchas zonas rurales del tercer mundo de forma desasistida, desamparada y auspiciada casi en exclusiva por la pornografía. A pesar de los riesgos que esta realidad eventualmente aporta a la conducta sexual de los jóvenes, hay otros aspectos que pueden ser analizados, al menos, desde su perspectiva anecdótica.

La primera revista-mala que cayó en mis manos tenía nombre código: Manual de Folklore. Era inevitable que llegara a mis ojos, porque cursé el bachillerato con cupo para foráneos, sólo disponibles en las secciones de repitientes que, por alguna extraña razón, se sentían en la obligación de “abrirme los ojos”. Me dispensará hoy querido lector, abusaré de las comillas porque soy de pueblo y aún me da un poco de pudor llamar a las cosas por su nombre.

Además del agravio comparativo “dimensional”, lo que más me llamó la atención fue que las fotografías en las revistas porno eran un recurso escaso y tenían que ser explotadas al máximo. Por esta razón, solían estar acompañadas de abundante texto e imaginación, al punto que entre distintas entregas, los redactores podían inventar historias completamente diferentes para los mismos protagonistas. Esto daba lugar a que el mismo desconocido llamado Freddy fuera en una entrega fontanero y en otra, un lujurioso profesor de matemáticas.

Pero el ejercicio verdaderamente interesante venía después (como me está costando no hacer que todo lo que escriba tenga un doble sentido). Me refiero al ejercicio de hacer honor a la tradición oral (de contar las historias, quiero decir) y ejercer de cuenta cuentos para tus amigos. Como soy realmente malo en el uso de la palabra, esta labor era casi siempre llevada a cabo por otro amigo con una capacidad especial para la interpretación, que a la postre se graduó con honores de Licenciado en Teología en el seminario.

Contar las historias porno de las revistas tenía dos variantes: En la primera, las contabas con apoyo fotográfico y la función de narrador se limitaba a leer las historias en las revistas e ir mostrando las fotos al grupo que se reunía alrededor. Aunque pueda parecer sencillo, era un poco complejo, porque los diálogos eran torpes, repetitivos y desestimulantes. Vamos, que leer un ¡uy! ¡ay! ¡umm! resultaba algo antinatural. La otra variante, en la que no había revistas pero se inventaban las historias basadas en las mismas, sí que se llegaba al paroxismo de la capacidad narrativa. Si bien la mayoría de las veces eran mentiras que todos nos creíamos sobre mujeres irreales, da igual que se tratase de rubias obscenas o alguna prima anónima de la capital (se conoce que las primas anónimas de la capital tenían fama de liberales), la tensión hormonal nunca estaba ausente. Del tipo de tensión que en otras variantes y en dosis más armónicas nos mantienen atados a una novela de intriga o a una buena película de suspenso.

Es ese aspecto entrañable de la pornografía rural al que hacía referencia. Su propia naturaleza escasa evitaba la tendencia al abuso y a la insensibilización precoz propia de éstos días, a la vez que ejercitaba uno de los componentes de la sexualidad más importantes: La imaginación.

Somatizado

Me abracé al váter como si me estuviera asiendo a la vida. Vomité con una fuerza abominable, viendo estrellitas y rojeando el globo ocular cual cefalópodo. A Cristina no le gusta cuando bebo pues le protagonizo episodios de una fragilidad colibriana. Por eso me costó mucho convencerle que no había siquiera olido una gota de alcohol y que no sabía qué me pasaba.

Luego de tres días aciagos, con desmayos incluidos, el médico me halló consciente, bien hidratado y colaborador. Ajeno a un cuadro viral, descamaciones cutáneas o trastornos congénitos. Sólo me detectó una tos anciana, vértigo irónico y una curiosidad religiosa: un lunar en forma de querubín obeso en la periferia del sobaco izquierdo, que al flexionar un músculo, parecía mover simpáticamente las alas. Luego de repasarse los exámenes una y otra vez y auscultarme mi ansiedad sempiterna concluyó, con ese suspirito previo que aprenden a realizar todos los médicos en la facultad, que este servidor estaba simplemente somatizando los síntomas del embarazo de Cristina.

Los médicos, cuando uno está sano, son como las pitonisas de feria: Te hablan siempre del pasado, de lo que tu ya sabes, y eso, pues, para mi no tiene gracia. ¡Pero si he vivido desde que la conozco somatizando a mi Cris! No hacía falta que estuviera embarazada.

Creo que muy en el fondo todas las relaciones inmobiliarias terminan en la somatización de tu pareja. Me atrevería a decir que la más grande prueba de amor, después de la hipoteca, es somatizar al co-hipotecado: Estreñirte en sus depresiones, afiebrarte en sus euforias y constiparte frente a su indiferencia.

Sin embargo Cristina lo está llevando de otra manera. Las expectativas de la maternidad no han hecho mella en ella. Sigue desplazándose por una vida adecuadamente lubricada, toma su café descafeinado, desayuna sus tres tipos de cereales mezclados en proporciones iguales y sigue lavando a mano su ropa interior. Todo sigue igual, salvo por una curiosa costumbre recientemente adquirida y para la que juro por Dios no haber dado pié: Se trata de una incontrolable propensión a las caricias. No les puedo engañar, soy débil de tacto y me dejo, no vaya a ser que el niño me salga pusilánime. Aunque las recibo con desconfianza, ante la eventualidad de que me acostumbre y no sea más que un trastorno psíquico que Cristina esté somatizando con síntomas análogos a los de la ternura.

Vida inmobiliaria
Cristina se ha vuelto loca.
Cristina y el Porno (y Antonio).
Cristina ronca como un camionero
Pequeñas Tragedias Veraniegas III (Concepciones)