Tercer Mundo

Imagino que haría mucho calor en Francia ese verano de mil novecientos cincuenta y dos. Me inclino a pensar que sólo un sofoco estival podría haber tentado a Alfred Sauvy – luego del protocolar silencio ante las teclas bituminosas de una máquina de escribir – a concluir el artículo que le ocupaba usando por primera vez la expresión “tercer mundo”.

Aunque reclamada usualmente como término peyorativo, siempre me ha resultado impreciso, cruel e ilógico desde el punto de vista social. Sobre todo, porque se basa en una calificación económica que nada tiene que ver con la idiosincrasia de los pueblos, su concepción de la realidad o su capacidad para afrontar los retos de la vida colectiva.

Lo que más me repatea es su tendencia absolutista. Como si esa separación en mundos fuesen aséptica, como si el primer mundo no poseyera mucho de los otros dos (y viceversa).

La reciente tragedia al sur de los Estados Unidos aporta un claro ejemplo de ello. Ha sido muy común escuchar de boca de damnificados, comentaristas, políticos y gente de a pie la expresión “esto parece el tercer mundo” para describir su perplejidad ante los espeluznantes acontecimientos, la falta de ayuda o la desidia generalizada. Y no descarto que para muchos (no sólo allí, también en el resto del mundo) haya sido una sorpresa caer en cuenta que la división en mundos ronda los dominios de la distorsión perceptiva, del estado de ánimo e incluso de la nostalgia, antes que reflejar la realidad de las cosas.

Resulta igualmente lamentable que esa misma concepción equivocada haya desalentado la solidaridad del resto del planeta. He echado de menos las campañas de recolección de fondos o de ayuda que suelen surgir en situaciones similares. Lo lamento, porque es como crear una clasificación entre las víctimas, que en todo caso, es una división indignante.

Tiendo a pensar que más que ante la ley, somos más iguales ante el desastre.

Mind the Gap

Nunca antes había visitado un país angloparlante. Era otra de las cosas en las que quería invertir atención. El inglés, además de concreto, me resultó también un idioma que deja bastante margen de maniobra a la independencia del receptor del mensaje, pero curiosamente, sin arriesgar en claridad.

Pongamos como ejemplo el lejendario monstruo subterráneo Metro de Londres y un mensaje similar en el no menos atractivo Metro de Madrid. En algunas estaciones, la altura o la distancia que hay entre el vagón y el andén puede producir accidentes a los viajeros desprevenidos o despistados (como yo). En Madrid y en Castellano la advertencia sale de la megafonía en una tosca voz femenina como sigue. (Soy un sin oficio que se la ha aprendido de memoria)

Atención: Estación en curva, al salir, tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.

Para la misma situación o silimar, en el Metro de Londres (que los Londeners llaman the tube) el mensaje es:

Mind the gap.

No sé, tiene su encanto descubrir el agua tibia.

Los colores de la ciudad.

Escribo exhausto a orillas del Támesis.(1) A mi derecha hay una papelera negra que me dice: Oye tu, y por qué no escribes un poco sobre mi, tanto Big Ben y tanto Tower Bridge y de mi nadie habla. Precisamente la estaba yo mirando, porque me preguntaba con qué criterio se escogió en negro para pintarla. Mas ampliamente, reflexiono en general sobre los colores de la ciudad. No es desvaríe. Es que eso me pasa a veces cuando expongo los sentidos a las diferencias, que suelen servirme para calibrar de vez en cuando la báscula con la que peso mi entorno.

No me refiero a los colores que aporta la naturaleza, sino a aquellos que han sido escogidos por el hombre para pintar la civilización. Me concentro en dos ejemplos de los muchos que he encontrado. Aquí en Londres, los taxis son negros y los buzones de correo rojos. Puesta mi inquietud en pregunta: ¿Por qué en Madrid los taxis son blancos, en Londres negros y en Nueva York amarillos? ¿Por qué los buzones de correo son amarillos en Madrid, rojos en Londres e invisibles en Caracas?

Cómo se configuran los colores de una ciudad. Me intriga saber cómo, si para tantas otras cosas los humanos han desarrollado y adaptado patrones comunes, para la cuestión de los colores no tienden a la igualdad.

La única hipótesis por la que me inclino, es que el color, así como la música o la cocina (en el caso de Londres menguadita) forman parte de la identidad de los pueblos y que en consecuencia configuran su identidad a través de ellos.

Cómo se vería un autobús colectivo caribe (de esos con vocación de arco iris, faralaos coloniales pendiendo del parabrisas y tapiz de pegatinas con sabiduría popular, como las que dicen “La llevo pero sola” y “hoy no fío, mañana si”) circulando el centro de Londres. Creo que sería, ni más ni menos, que un representante de una forma de pensar muy “colorida”; pues de qué otra manera se podría dar cabida a tanta mezcla de culturas que la componen.

Esa misma hipótesis me lleva a pensar sobre la influencia que esa exposición continuada a la homogeneidad (o variedad) en los colores produce en las personas. ¿Será que hacen que pensemos más ordenada o dispersamente, que tendamos siempre a buscar la uniformidad o la variedad en nuestra vida cotidiana? ¿Tanto exposición a amarillo, negro o rojo, nos producirá alguna forma de pensar regida por esos colores?

Misterio.

De momento la papelera no responde a mis preguntas. Parece que se siente intimidada al descubrir que no todas son como ella. De hecho, cierra los ojos, y con gesto de indignación propia de un Londener mira para otro lado.

– – – – –
Notas del Cartero:
(1) No es pedantería querido lector, es que siempre soñé con iniciar una nota así, pero que fuera de verdad.