El fin del saber

Someramente:

Un día, allá por el 200 antes de Cristo, el emperador chino Qin Shi Huang amaneció de mal humor y mandó quemar todos los libros. En último momento, “porsia”, indultó a los que trataban temas de guerra, agricultura, medicina y adivinación. Como ya estaba todo dicho, habíamos llagado al punto en el que sabíamos todo lo que se tenía que saber. Ese fue el argumento oficial, aunque la verdad es que Qin estaba hasta el gorro de los intelectuales.

A veces me da la terrible sensación de que ya todo está dicho, y que un día de estos alguien va a amanecer atravezado y le va dar por bañar con ron los servidores de la wikipedia o hacerle un conjuro a algún buscador. ¡Malinche¡ ¿Hay algún tema, necesidad, idea, miedo, sentimiento, suceso feliz o terrible que arroje, por ejemplo, cero resultados en google? Incluso, cuando parece que no, éste no tiene guáramo para dejarte una página vacía y te devuelve un montón de información que suena parecida y confusa. Como si decir “no tengo idea” fuese políticamente incorrecto (sic).

No sé qué será peor, las noticias falsas o el falso saber.

Todo es como ir a la luna

Los creativos de publicidad están abusando de la épica. De paso, dejan ver que se están quedando sin ideas.

Da igual si se trata del lanzamiento comercial de una máquina de afeitar, un chicle o un nuevo móvil. Casi siempre comienzan con aquéllas imágenes en blanco y negro de los grandes saltos de la humanidad para asociar su producto a la azaña.

Una banalidad. El problema es que la gente se lo cree y dice,!Oooh!

Y eso para mi es equiparable a una noticia falsa. Es malo. Especialmente para las nuevas generaciones que se pensarán que están siendo testigos de algo trascendental y que esas chuminadas se perecen en algo a, por ejemplo, ir a la luna.

Vaya.

No estamos solos

Y ya no digo si lo estamos en el universo (es probable que no) sino en sitios más mundanos.

A veces como solo, en plan catarsis. Busco alguna mesa remota, evito la hora pico y mastico con lentitud.

La pareja de la mesa contigua lleva un rato sin hablarse. Parecen gente simpática y a veces sonríen para adentro. Pero aunque físicamente están juntos en la mesa, cada uno está comiendo con otros.

Han sustituido el cuchillo por el móvil y comen otando el suroeste. Lo único bueno es que no hablan con la boca llena.