Tal día como ayer

Tal día como ayer este blog cumplió quince años. Si estuviésemos de guardia en la redacción de sociedad de un noble diario del Caribe profundo, nos veríamos obligados a escribir cosas como: “parece que fue ayer”, “como si el tiempo no hubiera pasado”, “el mérito de la perseverancia” y cosas así, pero no es el caso.

Aún existe porque sigue sirviéndome —a pesar de sus cientos de comas mal puestas— para los mismos fines del primer día y en un ejercicio tan necesario que sale sin darse cuenta. (Apuntad esto último queridas hijas).

Las estadísticas indican que más o menos cada ocho meses pasa un lector desconocido a picotear algún artículo antiguo. De resto, es un blog sin lectores presentes, lo cual no debería resultar extraño, pues de alguna forma funciona como los diarios íntimos decimonónicos.

Mientras siga siendo tan dócil a lo que le escribo y no rechiste ante tanta perorata, es más que probable que siga vivo.

¡Salud amigo!

¡Es la inteligencia, estúpido!

La inteligencia se aprende. Y punto. No se nace inteligente. Se llega a ser. Es una de las poquísimas cosas en la vida que no dependen totalmente del azar, aunque lo parezca, pues la capacidad de aprender la inteligencia es innata. Lo que nos puede hacer más o menos inteligentes viene determinado, casi siempre, por lo que se aprende y cómo se aprende.

Y doy fe. Entre 1979 y 1984 hubo en Venezuela un ministerio para el desarrollo de la inteligencia. Antes de que el vaivén político acabará con él, se llevaron a cabo una buena cantidad de actividades a gran escala, orientadas tanto a los no nacidos, como a niños de primaria y secundaria. Éstas buscaban, inicialmente, enseñarles a pensar, a inculcarles un método.

Aquello era rompedor, porque eran «asignaturas» que no tenía exámenes, donde no había cosas correctas o incorrectas y donde nos forzaban continuamente a usar la imaginación, no a memorizar. Vi cómo compañeros retraídos y distantes, que se aburrían como gallinas, empezaron a participar en las otras clases y, sobre todo, a hacer preguntas. Tal vez no generamos grandes científicos o poetas, pero sí muchos niños felices de aprender.

Años después, tuve la fortuna de conversar con el señor ministro que lo puso en práctica: Luis Alberto Machado. La verdad, tal vez la única vez que he hablado con un genio que, entre otras cosas, consideraba la inteligencia como un derecho. Lo hice para pedirle consejo, pues la empresa que había fundado para vender programas de desarrollo intelectual para jóvenes no terminaba de arrancar. Lo primero que me preguntó fue: ¿se burla la gente de usted o de su idea? Cuando le dije que sí, hizo un silencio y agregó: Entonces va por buen camino, aunque lo más probable es que se estrelle unas cuantas veces. Y así fue, hasta que lo dejé por otra cosa. Soy débil. Los prejuicios sobre el desarrollo de la inteligencia son tan fuertes, que rara vez salen adelante proyectos relacionados con ella.

Sin embargo, por muy aburrido que parezca, sigo pensando que, o hacemos un gran esfuerzo mundial por fomentar el desarrollo de la inteligencia o terminaremos con tal dosis de infelicidad, que acabaremos con nosotros mismos antes incluso de que lo haga el cambio climático.

🙁

Halla paz*

Como cada verano, las campañas para evitar muertes en las carreteras se hacen omnipresentes. Por más que las autoridades intenten tirar de creatividad, se siguen centrando en dos o tres puntos básicos, normalmente dirigidos al conductor y rara vez a los otros ocupantes del vehículo: i) si bebes alcohol no conduzca ii) no corras iii) no te distraigas, lo cual en estos tiempos se traduce en un, no uses el teléfono móvil al volante.

Sin embargo, creo que hay una advertencia que se deja fuera y puede estar causando más muertes que las anteriores: el cabreo.

Por ejemplo: Las estadísticas indican que la mayoría de los divorcios se producen luego del verano. Se conoce que eso de estar juntos hace daño. Por tanto, en el verano se han de dar muchas discusiones y reproches mutuos, especialmente en aquellos sitios donde la contraparte no pueda huir, como por ejemplo, un coche a ciento veinte kilómetros por hora.

Lo peligroso del asunto es que se parte del principio de que el cabreo, aunque sea constreñido, no afecta a la conducción, pero creo que alguien en dicho estado puede presentar peores síntomas peligrosos al volante que los producidos por el alcohol, la velocidad y el móvil juntos.

Así que espero ver el próximo año algún mensajito al respecto en los carteles luminosos de las autovías: «Si estás cabreado, no conduzcas.» Y de paso, uno a los acompañantes, para que, obviamente, no cabreen al conductor.

—–

* Sí, de hallar.