Algún día habrá que explicar la guerra

Antes las guerras no se explicaban, simplemente estaban allí. Los niños no preguntaba que era aquello, pues formaba parte de su realidad; una que no se explicaba con palabras, sino con dolor, asombro y aceptación. Nadie explica lo que es el miedo, el miedo es.

Como padre me tocará en nada comenzar a explicar la guerra. No quiero que se hagan una idea desde la ficción, pues podría salir distorsionada. Tampoco desde la historia, porque pasa por alto absolutamente la cotidianidad. Me gustaría explicarla desde la perspectiva familiar y cotidiana, de cómo la guerra afecta la vida de la gente por más guerra olvidada que sea. Y, sobre todo, explicarles porqué la guerra, además de mala, es inevitable; y que no se entiende a la especie sin ella.

Toda esta intención parece que está bien, el problema es que no tengo la más remota idea de cómo hacerlo y por dónde empezar. Porque para explicar la guerra hay que explicar primero la violencia y cómo ésta siempre se impone a la razón.

Las guerras no se acaban porque un bando le gane al otro. Las guerras se acaban cuando la violencia que les dio lugar y de la que se alimenta a millones de litros por segundo, simplemente se agota de repente y deja a todo el mundo con la mirada perdida como la de quién se despierta de un mal sueño que no era tal.

Pero lo más difícil de todo, será explicarles que, por mucho que se encuentren con palabras como patria, dignidad, libertad y valor; todas las guerras, absolutamente todas, terminan teniendo en su origen una causa económica, que de haber querido, se hubiese podido resolver con unos güisquis.

Yo creo que lo postergaré mientras me aclaro; que esto es mucho contar para alguien que ha tenido la suerte de haber crecido en unos de esos extraños periodos largos de inquieta paz.

tontería artificial

Hay un ente digital que se empeña en sugerirme que me de un capricho. Me dice que compre un libro que de seguro me gustará mucho y todas esas cosas que se usan para vender. Lo que resulta raro es que el autor del libro soy yo y el ente es incapaz de darse cuenta. Es tonto. Si este bicho (el ente, no el libro) es una muestra avanzada de lo que se conoce como Inteligencia Artificial, creo que vamos por mal camino.

Bueno, esa es una forma de verlo. La otra es que sea una inteligencia muy sutil, haya caído en cuenta de que no me lee ni Dios y tenga la sensibilidad suficiente para no decírmelo directamente y entonces lo camufle como una sugerencia al autor.

Lo que definitivamente sí da miedito, es que sea, en efecto, un ente con Inteligencia Artificial y esté tirando como tal del humor para entretenerse, con un poquito de burla e ironía añadida. Afortunadamente, todo esto no afecta a mi ego, pero en cualquier de los tres casos el resultado es el mismo: vamos por mal camino.

 

El amor dura dieciocho meses

El amor dura dieciocho meses. Y a lo que viene después los expertos no le han puesto nombre. De pequeña escuchaba que la gente decía “ellos ya son como familia” para referirse a las parejas que llegaban a viejos juntos; y que habían criado a más de media arroba de hijos, y que también habían empezado a confundir los nombres de los nietos y cosas así que se dicen de la gente que llega a vieja junta. Y lo decían no sé si con lástima o con ternura, o una mezcla ambas cosas. Y no es que de pequeña fuera una niña imprudente, simplemente que era muy ingenua. Un día le pregunté a una señora de esas de matrimonio longevo, si era verdad que era familia de su marido, que si eran hermanos o primos, por ejemplo; y me dijo que no, que sólo era resignación. Luego, me fui y le pregunté a su marido que qué era eso de la resignación, y me dijo, —¡carajita: esas cosas no se preguntan! Todo aquello me resultaba muy confuso, pero San Edermo era un pueblo que ya se estaba poniendo viejo y se veía mucha gente emparejada, pero ya mayor, sentada en los porches de sus casas, así como tristes, como en silencio.  Y yo me agobiaba con el asunto porque sólo había escuchado la palabra resignación cuando se le daba el pésame a alguien, y lo sabía porque yo acompañaba mucho a mi santa madre cuando el tocaba dar los pésames. Pero bueno, como era una niña obediente dejé de preguntar y seguí creciendo con la duda, hasta que me tocó y entonces vino la guerra.

 

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